SUCEDEUn proyecto artístico de Ana AlonsoFormar parte

Ana Alonso · Obra poética en curso

ELEUSIS

Los misterios de Eleusis

I

¿Sabéis hacer que os vibren las vísceras por dentro?

Yo lo aprendí hace poco de los gatos.

Pero está mal formulada la pregunta.

Debería haber dicho

¿Sabéis cómo dejar que el mundo haga que os vibren

las vísceras por dentro?

Yo lo aprendí hace poco de los gatos, de los graves del órgano en

la catedral. Estaba yo sentada

junto a mi madre en el concierto (mi madre tiene noventa y tres años).

Si nunca hubiese oído el ronroneo

de un agradecimiento,

No me habrían vibrado resonando los músculos del tórax,

toda la cavidad abdominal,

y no sabría qué es el órgano y por qué

se llama así y está dentro también, es otro más,

como los intestinos y el hígado y el corazón

y los pulmones, carne para hacer música.

Y si yo no supiera esto, no estaría

dando gracias a la luz de las vidrieras,

gracias por nada, por haberme dado un hijo y habérmelo robado,

gracias por exactamente nada y solo siento eso,

no amargura, ni espanto, ni una cuenta pendiente

con Dios, ni una fe, ni una necesidad de explicaciones.

Porque el sentido es Dios. Ni Abraham se enteró, solo era un hombre.

Pero yo soy una mujer y mi hijo está muerto.

Pregunta a Dios por qué. Yo ya he dejado

de preguntar. No tengo

necesidad de hacer esa pregunta,

no creo en Dios, Dios Padre Todopoderoso,

pero creo en el hijo del hombre y en mi hijo

que se convirtió en hija como en una

pirueta doble de abandono de la casa materna

poco antes de morir. Creo en la hija del hombre,

creo en los órganos y el órgano me vuelve árbol de piedra hacia las ramificaciones

de las bóvedas, un árbol, quizá precisamente un roble,

os lo juro, no sé si habéis tenido un árbol dentro,

no sé si habéis vibrado con la música del órgano y los órganos

y habéis sentido "así vibra la piedra

y así es la muerte. Así debe de ser

estar muerta, estar muerto."

Porque mi hija muere todos los días y todos los instantes

dentro de mí otra vez. Mi hija no está muerta.

Está siempre muriendo. Mi hija. Molly. Por qué,

Molly, por qué. Y sé que estoy incumpliendo las reglas

de este misterio que resuena en mí

como cuando te tocan junto al pecho un cuenco tibetano

y le arrancan sonidos circulares, ¿habéis sentido

vibrar el cuerpo como si en cada órgano tuvieseis

un cuenco tibetano?

Pero para vibrar así tienes que haber dejado

las pretensiones de sentido, tienes que haberte

vuelto instrumento. Si no has aullado de dolor, no pienses

en cruzar el umbral sagrado de esta iglesia sin Dios

esta iglesia del Hijo

que solo es cuerpo.

Vibra hasta pensamiento como cuerpo y eso nunca

lo hará una inteligencia artificial, esa nueva diosa antigua,

tan orgullosa como los olímpicos, igual

de indiferente a la miseria humana,

diosa que exige culto a su inmortalidad,

pero yo vengo de otra tradición. El hijo muerto

y humillado en la cruz. Dejadme dolerme en mi dolor.

No me destruirá.

Me puedo disfrazar de madre con las ropas

hechas jirones (ayer fuimos

a las Omañas y llevé puesta una chaqueta toda rota,

supongo que habrán sido

los gatos. Y pensé: "este es el traje

de la madre que todo lo ha perdido."

La madre huérfana porque no tiene más hijos.

Uno solo tenía y lo perdió.

Una sola tenía y ni siquiera

la conoció. Y pensé: "ahora es un buen momento

para tirarse al río." Pero ese río

me vibró dentro con su orilla

de fresnos verdes y chopos amarillos y me dijo:

"Calla. No insultes

a Dios. ¿A quién le importa tu dolor?

Es tuyo, deberías

dar gracias, es tuyo. Haz lo que quieras

con él, ¿no te das cuenta

de que eres libre porque a nadie en el mundo le importa

ese dolor? No a nosotros, al río y la montaña,

desde luego, no a un Padre inalcanzable,

ni siquiera a tu madre de noventa y tres años,

eres del todo libre por haberte quedado

sola con tu dolor. Eres del todo libre.

Haz lo que quieras

con tu dolor. Ponte un vestido

de Vivienne Westwood. Sal a pasear,

toma un café, a nadie le importa

lo que hagas con cada instante en que tu hijo

sigue muriendo, cada segundo repitiendo la pérdida,

No hagas el tonto para impresionar

al corazón del mundo con todos tus tormentos,

Ay mísera de ti y hay infelice,

no hagas el tonto, el corazón del mundo

sigue latiendo y es indiferente.

Todo es indiferente.

Así que vive o suena como un órgano

o déjate morir.

Ya no eres madre porque ya no tienes hijo.

Pero mi hijo no está muerto, está muriendo siempre,

siempre, en cada segundo.

Entonces, sí eres madre. Dolorosa. Pietá.

Piedad. ¿Piedad? ¿Cómo piedad? No es la palabra.

No es piedad lo que siente la madre

ni es piedad lo que sienten quienes miran padecer a la madre,

sino una conformidad amorosa con la vida.

Sí. La vida. Te lo aúllo si quieres

para que entiendas. La vida, sí, la vida.

Porque nunca la hija estará muerta

sino muriendo, cada instante

de cada día en esa

agonía menos amarga que otras,

porque los dioses antiguos acudieron

y la cubrieron con su amor, y la cubrieron

de dones, y nadie murió nunca más amada,

y nadie sigue muriendo tan amada,

porque los dioses antiguos son puros e imperfectos

como los hombres. Aman sin medida, los dioses.

Y si una joven muere a la hora exacta,

si un joven muere en el momento justo,

ese es el héroe, está muy estudiado

pero aunque no lo estuviera, yo lo sé.

Ulises pudo ser aventurero,

rey de Ítaca y pirata

pero no héroe, porque no acaba su historia con su muerte

y además, cuando llegó por fin a Ítaca, era viejo.

 

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II

Creo que nunca

te perdonaré, Vida.

Creo que nunca dejaré de amarte, Vida.

Ardo como una vela consumiendo la cera carísima del tiempo,

trabajada por artesanas diminutas

en hexágonos limpios, porque el hexágono

es la mejor manera de llenar el espacio

y volverlo habitable, pero ahora los hexágonos

ya no están, solo la cera comprada y vuelta cirio y quemada por la llama

con ese olor de iglesia de la infancia. Vida,

creo que nunca deberías

ser tan bella. Era mi hija y era intocable y la alcanzaste.

No la muerte. Yo sé que fuiste tú.

La muerte es solo

tu sombra, Vida. Vida, ¿por qué la abandonaste?

Era buena y hermosa y era lista y sufría

y estaba sola, pero eso fue al principio,

Vida, porque a pesar de todo conoció el gran amor,

y eso no se lo dimos ni tú ni yo. Se lo dio ella,

con su infinita sed de ser

para la realidad. Amó y fue amada,

y no es mérito nuestro.

Ella lo hizo. Ella bajó al reino de los ya casi muertos y expresó

sin temblar su deseo. Y vino la muchacha del Norte.

Tú no sabes

cómo se amaron, Vida,

porque eres lo contrario del amor,

ahora que solo

te tengo a ti lo sé,

ahora que solo tengo vida sé que puedes

vivir solo cuando el amor no te desvive. A mí el amor me ha abandonado

como Teseo a Ariadna en una playa. No te extrañe

si Diónisos acude a rescatarme,

o si no viene nadie y muero

de sed de amor por culpa tuya, vida,

vida que no me das nada de lo que pido, ya no

la exaltación del placer o el temblor amargo del deseo, sino solo

estar con otro humano a solas, recordar

qué era la intimidad.

Pero yo sé que no me lo darás

porque eres lo contrario del amor,

Vida, y ella nos engañó

a ti y a mí, y amó, mi hija. Yo fui casi

Bernarda Alba. Casi. También,

al mismo tiempo,

fui Adela. Pero estaba

demasiado metida en mi papel

para observarla a ella.

Vino la chica del norte, la muchacha

de ojos claros, y juntas

huyeron de ti y de mí y nos engañaron

y yo me alegro, Vida,

por qué tienes que ser eternamente

insaciable y mezquina, indecorosa,

pero ella supo desbordarte, ser más que tú,

ser su historia de amor, ser su relato

como dicen ahora, ser su propio sentido

y no necesitaba

ni a Dios ni un pasaporte ni a su madre,

porque adonde ella fue con la muchacha

del norte, todavía

no existen mapas que lo cartografíen.

Es territorio

para el miedo y el hambre,

para los héroes como mi hijo y mi hija en un ser solo,

para su amada y toda su familia,

porque en la tierra ha echado raíces un cerezo

allí en Bergen, en una ladera que da al fiordo.

Y tú eso no te lo esperabas, Vida,

querías

no solo muerte, también crucifixión

pero murió querida y tranquila en la cuna

de su tristeza. No quería morir,

lo sabes. No queríamos,

nadie quería

que muriese, y no te lo perdono,

que ella quisiese amarte y tú le huyeses

por lo de siempre, vida,

por el miedo al exceso de belleza,

ya sabes, porque si un ángel

me arrebatara ahora, ¿no

perecería yo

en su existir terrible?

Porque lo bello es solo ese comienzo

de lo terrible, justo lo que aún

podemos soportar.

Por eso ahogo yo también el eco de un sollozo,

ay, ¿a quién podríamos

entonces recurrir?

A los ángeles no, a los hombres no, y los animales...

quizá a mis gatos. Son cuatro y ahora juegan

en el pasillo. No te perdono, Vida,

y por eso te vivo y te Vivo y vivo con los gatos

y Vivo y vivo y vi... vo...

Y si mi hija Molly pudiera hablarte, te diría:

yo no te necesito.

No necesito

vivir ya, porque soy.

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III

En los museos te gustaban las paredes cubiertas de colores

y las trenzas gigantes de pelo natural

que colgaban del techo como cuerdas,

te gustaba tocar todas las cosas,

mirar las obras que a nadie le importaban,

sobre todo, reírte.

Por eso te enfadaste cuando fuimos

a aquel museo de arte medieval, y dijiste:

¿por qué me traes a este sitio a ver un hombre torturado?

Porque es nuestra cultura, respondí.

No creemos en Dios pero somos cristianos.

Y yo creía que hasta cierto punto,

si llegaba un momento decisivo,

algo oscuro se me revelaría,

algún sentido oculto.

Pero llegó el momento en que ya no

volviste a tomar aire,

exhalaste apacible y ya no hubo

otra respiración.

Llegó el momento de los labios blancos,

y nadie vino a revelarme nada,

y ni un segundo pensé en Dios, porque ya tú eras dios,

un dios antiguo, un dios ascendido al Olimpo

desde la humanidad, no para vivir siempre,

sino para morir contigo siempre,

y ni un segundo pensé en Dios, pero sí recordé

la pared de colores del museo de Ámsterdam

y nuestras risas juntos

y en cómo aquel instante se hizo eterno.

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IV

Pretender,

ese es el verbo al que consagro

mis oraciones: "tender hacia"

pero antes de saber hacia qué tiendes.

Tender hacia ti, hija, pero antes,

tender en el presente hacia el pasado

y que ese sea todo mi futuro

y no haya en esto melancolía, sino rabia amorosa,

Antes de perderte, hija mía, tender hacia ti,

tender antes a ti, cuando tenías

diez años, tender ya a aquella cama de hospital

donde serena, desapareciste,

fue diez años más tarde,

diez años que volaron.

Tender ya a aquella cama de hospital

donde, serena, desapareciste,

se retiró la sangre de tus labios,

tender a ese momento,

yo lo vi,

yo estaba allí,

todo en mi vida tiende a ese momento

de labios blancos, labios que ya nunca

serán rosados, cuando entendí "es esto la muerte",

y ya solo pretendo tender desde el futuro

hacia ese único instante donde todo

se contrajo en un único lugar,

tus labios blancos. La singularidad

de la que necesariamente nos nació otro universo.

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V

¿Sabes? Estoy cansada de vivir en los márgenes,

de ser siempre, desde muy pequeña, la distinta.

Te lo cuento a ti ahora porque sé que me entiendes,

hija, tú misma lo dijiste:

Mamá, tú estás muy sola,

¿Por qué no te haces de una asociación

de mujeres autistas?

Y tú sabes que entonces me pareció gracioso:

qué planazo, menuda diversión.

Pero tú como siempre eras más lista

y veías en mí lo que solo el amor más puro ve:

la grieta, lo inarregable, lo que no puede

coserse ni pegarse. Y me querías más por eso.

Yo sé que estabas, en el fondo, orgullosa de mí,

no por mis libros, sino por mis defectos

de niña muy pequeña y muy dañada,

de mujer desnortada y neuroatípica.

Y sé que me dirías ahora mismo:

mamá, ¿por qué no dejas de esforzarte,

para qué tanto empeño en ser normal?

Pero es que el margen no tiene tejado

ni paredes ni puertas. El margen, amor mío

es la pura intemperie, y yo ya estoy cansada.

Quiero expresarme sin pensar: ¿es esto

algo que una mujer normal diría?

¿Es esta inmensa alegría de ser madre

de una muchacha eterna y bella, aunque esté muerta

un síntoma de neurodivergencia?

Y qué te importa, mamá. Qué más te da,

deja ya de intentar ser como todos,

porque no sabes y no te sale nada bien,

y se nota

que es un disfraz, ¿te acuerdas? Desde siempre

las otras madres de los otros niños

lo sabían. Un Halloween

fuimos los dos al colegio disfrazados.

Yo llevaba un cuchillo ensangrentado atravesándome la cara.

No lo pasamos bien. Al menos yo.

Pero aquella mañana había repetido

el único ritual que inventé para ti:

una tostada en forma de fantasma

y untada de algo blanco, con dos ojos

de chocolate, ese era el desayuno

del día de los muertos. Yo inventé para ti

aquella tontería.

Pero hace unos dos años, cuando ya estabas

enferma, repetimos el ritual.

Este otoño maldigo las estupideces

de truco o trato, pero estoy segura

de que en esa mañana del día de los muertos

estrenaré por fin la tostadora

y tallaré una forma de fantasma

en pan, y lo untaré

de cualquier cosa blanca,

y tú no me verás. Pero en algún pasado me habrás visto.

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Dos gatos de Ana acurrucados juntos sobre la cama
Mis gatos, en casa.