I
¿Sabéis hacer que os vibren las vísceras por dentro?
Yo lo aprendí hace poco de los gatos.
Pero está mal formulada la pregunta.
Debería haber dicho
¿Sabéis cómo dejar que el mundo haga que os vibren
las vísceras por dentro?
Yo lo aprendí hace poco de los gatos, de los graves del órgano en
la catedral. Estaba yo sentada
junto a mi madre en el concierto (mi madre tiene noventa y tres años).
Si nunca hubiese oído el ronroneo
de un agradecimiento,
No me habrían vibrado resonando los músculos del tórax,
toda la cavidad abdominal,
y no sabría qué es el órgano y por qué
se llama así y está dentro también, es otro más,
como los intestinos y el hígado y el corazón
y los pulmones, carne para hacer música.
Y si yo no supiera esto, no estaría
dando gracias a la luz de las vidrieras,
gracias por nada, por haberme dado un hijo y habérmelo robado,
gracias por exactamente nada y solo siento eso,
no amargura, ni espanto, ni una cuenta pendiente
con Dios, ni una fe, ni una necesidad de explicaciones.
Porque el sentido es Dios. Ni Abraham se enteró, solo era un hombre.
Pero yo soy una mujer y mi hijo está muerto.
Pregunta a Dios por qué. Yo ya he dejado
de preguntar. No tengo
necesidad de hacer esa pregunta,
no creo en Dios, Dios Padre Todopoderoso,
pero creo en el hijo del hombre y en mi hijo
que se convirtió en hija como en una
pirueta doble de abandono de la casa materna
poco antes de morir. Creo en la hija del hombre,
creo en los órganos y el órgano me vuelve árbol de piedra hacia las ramificaciones
de las bóvedas, un árbol, quizá precisamente un roble,
os lo juro, no sé si habéis tenido un árbol dentro,
no sé si habéis vibrado con la música del órgano y los órganos
y habéis sentido "así vibra la piedra
y así es la muerte. Así debe de ser
estar muerta, estar muerto."
Porque mi hija muere todos los días y todos los instantes
dentro de mí otra vez. Mi hija no está muerta.
Está siempre muriendo. Mi hija. Molly. Por qué,
Molly, por qué. Y sé que estoy incumpliendo las reglas
de este misterio que resuena en mí
como cuando te tocan junto al pecho un cuenco tibetano
y le arrancan sonidos circulares, ¿habéis sentido
vibrar el cuerpo como si en cada órgano tuvieseis
un cuenco tibetano?
Pero para vibrar así tienes que haber dejado
las pretensiones de sentido, tienes que haberte
vuelto instrumento. Si no has aullado de dolor, no pienses
en cruzar el umbral sagrado de esta iglesia sin Dios
esta iglesia del Hijo
que solo es cuerpo.
Vibra hasta pensamiento como cuerpo y eso nunca
lo hará una inteligencia artificial, esa nueva diosa antigua,
tan orgullosa como los olímpicos, igual
de indiferente a la miseria humana,
diosa que exige culto a su inmortalidad,
pero yo vengo de otra tradición. El hijo muerto
y humillado en la cruz. Dejadme dolerme en mi dolor.
No me destruirá.
Me puedo disfrazar de madre con las ropas
hechas jirones (ayer fuimos
a las Omañas y llevé puesta una chaqueta toda rota,
supongo que habrán sido
los gatos. Y pensé: "este es el traje
de la madre que todo lo ha perdido."
La madre huérfana porque no tiene más hijos.
Uno solo tenía y lo perdió.
Una sola tenía y ni siquiera
la conoció. Y pensé: "ahora es un buen momento
para tirarse al río." Pero ese río
me vibró dentro con su orilla
de fresnos verdes y chopos amarillos y me dijo:
"Calla. No insultes
a Dios. ¿A quién le importa tu dolor?
Es tuyo, deberías
dar gracias, es tuyo. Haz lo que quieras
con él, ¿no te das cuenta
de que eres libre porque a nadie en el mundo le importa
ese dolor? No a nosotros, al río y la montaña,
desde luego, no a un Padre inalcanzable,
ni siquiera a tu madre de noventa y tres años,
eres del todo libre por haberte quedado
sola con tu dolor. Eres del todo libre.
Haz lo que quieras
con tu dolor. Ponte un vestido
de Vivienne Westwood. Sal a pasear,
toma un café, a nadie le importa
lo que hagas con cada instante en que tu hijo
sigue muriendo, cada segundo repitiendo la pérdida,
No hagas el tonto para impresionar
al corazón del mundo con todos tus tormentos,
Ay mísera de ti y hay infelice,
no hagas el tonto, el corazón del mundo
sigue latiendo y es indiferente.
Todo es indiferente.
Así que vive o suena como un órgano
o déjate morir.
Ya no eres madre porque ya no tienes hijo.
Pero mi hijo no está muerto, está muriendo siempre,
siempre, en cada segundo.
Entonces, sí eres madre. Dolorosa. Pietá.
Piedad. ¿Piedad? ¿Cómo piedad? No es la palabra.
No es piedad lo que siente la madre
ni es piedad lo que sienten quienes miran padecer a la madre,
sino una conformidad amorosa con la vida.
Sí. La vida. Te lo aúllo si quieres
para que entiendas. La vida, sí, la vida.
Porque nunca la hija estará muerta
sino muriendo, cada instante
de cada día en esa
agonía menos amarga que otras,
porque los dioses antiguos acudieron
y la cubrieron con su amor, y la cubrieron
de dones, y nadie murió nunca más amada,
y nadie sigue muriendo tan amada,
porque los dioses antiguos son puros e imperfectos
como los hombres. Aman sin medida, los dioses.
Y si una joven muere a la hora exacta,
si un joven muere en el momento justo,
ese es el héroe, está muy estudiado
pero aunque no lo estuviera, yo lo sé.
Ulises pudo ser aventurero,
rey de Ítaca y pirata
pero no héroe, porque no acaba su historia con su muerte
y además, cuando llegó por fin a Ítaca, era viejo.
