Compré Is Mother Dead en el aeropuerto de Oslo, cuando regresaba del funeral que la familia noruega de Evelyn, la novia de mi hija Molly, había organizado para ella en Bergen. Volvía profundamente conmocionada, conmovida y agradecida. Conmocionada por la realidad imposible de aquella despedida; conmovida por el amor que todos habían mostrado hacia mi hija; agradecida por la delicadeza del funeral y por la hospitalidad con la que me acogieron. Hay viajes de regreso que no devuelven a nadie al lugar del que salió. Una vuelve, pero la persona que vuelve ya no coincide del todo con la que partió.
Llevaba muchos meses sin leer ficción, prácticamente desde mi llegada a León en enero. No había tomado la decisión de abandonar las novelas. Sencillamente, se habían vuelto inaccesibles. Una novela exige que le entreguemos durante horas una parte de nuestra conciencia: nos pide duración, confianza, cierta continuidad interior. Yo no tenía ninguna de esas cosas. Is Mother Dead ha sido mi primera incursión en la ficción después de esa larga sequía.
Y no he regresado a ella mediante un libro amable ni consolador.
Johanna, la narradora de la novela, es una artista cercana a los sesenta años que vuelve a Oslo después de haber vivido durante tres décadas en Estados Unidos. Su marido acaba de morir y un museo prepara una retrospectiva de su obra. En Noruega permanecen su madre y su hermana, con quienes lleva muchos años sin tener relación. Parte de la ruptura se encuentra vinculada a las decisiones que Johanna tomó cuando era joven, pero también a una serie de pinturas sobre madres e hijos en las que su familia creyó reconocerse. Cuando Johanna trata de restablecer el contacto, su madre no contesta. El silencio deja de ser una simple negativa y empieza a ocuparlo todo. Las llamadas, los recuerdos y las conjeturas se transforman poco a poco en una búsqueda cada vez más obsesiva e inquietante.
La madre está viva, pero resulta inaccesible. Esa es una de las ideas más perturbadoras del libro: alguien puede no haber muerto y, sin embargo, habitar en nuestra conciencia como una persona muerta, un fantasma, un tribunal, una pregunta que no termina de formularse.
Johanna intenta rellenar la ausencia con hipótesis. Imagina qué hace su madre durante el día, qué piensa de ella, qué versión de la historia familiar habrá construido. Reconstruye escenas de la infancia, interpreta antiguos gestos, inventa conversaciones, ensaya acusaciones y defensas. La madre que no está presente en su vida adquiere una presencia desmesurada dentro del relato. El vacío no permanece vacío: la conciencia lo puebla.
Yo no confundo su historia con la mía. La madre de Johanna está viva y se ha apartado de ella; Molly ha muerto. Johanna mira el vínculo desde la posición de una hija que busca a su madre; yo leo desde la posición de una madre a la que le falta su hija. Pero esa inversión no elimina la resonancia. Al contrario: pone de manifiesto la obstinada supervivencia de un vínculo cuando ya no existe acceso a la otra persona. El ausente no ocupa menos espacio en el pensamiento. Ocupa más.
Conozco ahora ese trabajo involuntario de la mente: volver a una escena, modificar un detalle, recordar una frase, completar lo que ya no puede preguntarse, imaginar qué diría la persona ausente ante algo que acaba de suceder. No lo hacemos necesariamente para falsear el pasado. Lo hacemos porque la conciencia soporta mal los espacios en blanco. Allí donde ya no puede haber respuesta, fabrica posibilidades.
El gran logro literario de Hjorth consiste en que no se limita a describir la obsesión de Johanna: construye la prosa con ella. Las frases avanzan, regresan, se corrigen, acusan y se retractan. Los periodos largos, atravesados por preguntas, alternan con interrupciones brevísimas que ponen en duda lo que acabamos de leer. La novela progresa en espiral. Su repetición no es redundancia: cada vuelta modifica el ángulo, aumenta la presión y estrecha un poco más el espacio alrededor de la narradora.
No puedo valorar la fidelidad de la traducción inglesa respecto al original noruego, pero sí su efecto. Charlotte Barslund conserva una sintaxis nerviosa, impulsiva, capaz de representar el pensamiento antes de que haya adquirido una forma estable. Hjorth nos obliga a respirar al ritmo de Johanna. No observamos desde fuera una conciencia obsesionada; permanecemos encerrados dentro de ella. La propia Barslund ha explicado que esas frases extensas y esos movimientos de la conciencia constituyen un proceso de descubrimiento: los personajes pueden estar fuera de control, pero la escritora nunca lo está.
Johanna es inteligente, analítica y, en ocasiones, devastadoramente lúcida. También es capaz de construir relatos que la exculpan y de atribuir a los demás intenciones que no puede comprobar. Por eso la creemos y desconfiamos de ella al mismo tiempo. Hjorth no nos concede la comodidad de un veredicto. Nos permite comprender a Johanna sin obligarnos a absolverla; nos hace percibir el sufrimiento que hay en sus actos sin neutralizar el daño que esos actos pueden causar. Esa ambigüedad ética me parece uno de los mayores valores de la novela.
Hasta donde he leído, la tensión no procede tanto de lo que va a ocurrir como de una pregunta más incómoda: hasta dónde está dispuesta a llegar Johanna para convertir en realidad a la madre que solo existe ya dentro de su cabeza. El libro posee el impulso de un thriller, aunque su verdadero escenario sea una conciencia. Cada llamada sin respuesta, cada aproximación, cada pequeño cruce de límites aumenta la presión narrativa.
La profesión de Johanna tampoco es un elemento decorativo. Sus pinturas introducen una cuestión que atraviesa toda la obra de Hjorth: ¿a quién pertenece una historia familiar? ¿Puede una artista transformar en obra una experiencia que también pertenece a otras personas? ¿La verdad emocional justifica que alguien se sienta expuesto? ¿Tienen quienes aparecen transformados en personajes o imágenes algún derecho de veto?
Johanna defiende su libertad creadora, pero la novela no le concede automáticamente toda la razón. Tampoco acepta que el silencio de su familia sea neutral o inocente. Mantiene ambas heridas dentro del mismo cuadro: el derecho de una mujer a contar su experiencia y el derecho de los demás a no reconocerse en la versión que ella ha construido. El arte aparece aquí como una forma de supervivencia, pero también como una acción que tiene consecuencias.
Hay además una dimensión feminista especialmente rica. Johanna intenta pensar en su madre no solo como madre, sino como una mujer formada en otra época, sometida a expectativas de obediencia, matrimonio y servicio. Comprende algunas de sus renuncias, pero se niega a convertirlas en una absolución universal. Hjorth evita así dos trampas: la santificación automática de la maternidad y la atribución a las madres de todo el dolor que circula entre generaciones. La madre puede haber sido dañada por el orden en el que vivió y, al mismo tiempo, ser responsable del daño que transmitió. La compasión no elimina la responsabilidad; la responsabilidad tampoco debería borrar las condiciones históricas de una vida.
El propio título contiene esa violencia. En noruego, mor, «madre», se encuentra a una sola letra de mord, «asesinato». La traducción inglesa intenta conservar el juego mediante la frase “To mother is to murder, or close enough”. La cercanía entre ambas palabras sitúa la maternidad junto a una suerte de asesinato simbólico: para separarse, la hija quizá necesite matar dentro de sí cierta imagen de la madre; para conservar a la madre, quizá tenga que mantener viva una dependencia que la asfixia. Pero ninguna de las dos operaciones llega a completarse. La madre expulsada del presente regresa como pensamiento.
Voy por la mitad y todavía no sé qué hará la novela con esa tensión. No quiero saberlo antes de tiempo. Sí sé lo que ya ha hecho conmigo: me ha devuelto a la ficción, pero no me ha devuelto mediante una evasión.
No me ha apartado del duelo. Ha entrado en él por una puerta lateral.
Quizá el primer libro que se lee después de una catástrofe no pueda ser un refugio. Quizá deba ser un libro que reconozca que han cambiado las leyes de la conciencia, que la ausencia no es un hueco pasivo y que aquello que ya no podemos alcanzar continúa produciendo imágenes, preguntas, recuerdos y relatos.
