SUCEDEUn proyecto artístico de Ana AlonsoFormar parte

Mirar · Ana Alonso ·

Nos estamos convirtiendo en ascidias

Sobre un animal que se come su propio cerebro, y sobre nosotros

Ascidia naranja con dos aberturas tubulares, fijada a una roca bajo el agua azul.

Hay un animal que, en cuanto encuentra casa, se come su propio cerebro. Cuando daba clase lo contaba cada curso y nunca fallaba: primero la risa, luego el silencio.

Se llama ascidia y es un pariente nuestro más cercano de lo que parece. De larva se parece a un renacuajo diminuto: tiene un cordón dorsal, un ganglio nervioso que hace de cerebro, un ojo rudimentario y una cola con la que nada. Nada durante unas horas, a veces un par de días, buscando una roca donde quedarse. Cuando la encuentra, se pega a ella cabeza abajo, se convierte en una especie de saco que filtra agua y, ya que no va a moverse nunca más, reabsorbe su propio sistema nervioso. Se lo come, literalmente, para reciclar la proteína. Ya no lo necesita. ¿Para qué? Ya ha encontrado su roca.

Rodolfo Llinás, un neurocientífico colombiano que pasó media vida mirando cerebros de calamar, usaba a la ascidia para explicar algo que incomoda: el cerebro no evolucionó para pensar. Evolucionó para moverse. Las plantas no tienen cerebro porque no lo necesitan; las esponjas tampoco. Solo los animales que se desplazan en un mundo que opone resistencia, un mundo con corrientes, depredadores, rocas mejores y peores, necesitaron un órgano capaz de predecir, de anticipar, de equivocarse y corregir. Pensar, según Llinás, es lo que hace un cuerpo cuando el mundo no se lo pone fácil. La ascidia es la prueba por reducción al absurdo: quita el movimiento, quita la resistencia, y el cerebro se vuelve un lujo que el organismo liquida sin nostalgia.

Llevo semanas mirando a la ascidia con cierta inquietud, y no por ella.

Vivimos rodeados de herramientas que eliminan la resistencia del mundo. La respuesta nos llega antes de la pregunta. El texto, mientras hablamos a la vez que pasamos la mopa. Sabemos a qué hora llegaremos a un lugar antes incluso de salir. Cada una de esas herramientas es maravillosa, y lo digo sin ironía: yo las uso como la que más. Pero juntas forman una roca muy cómoda, y lo que la ascidia me susurra es que el cerebro no distingue entre una roca y otra. Solo sabe si puede echarse a dormir o no.

No estoy diciendo que haya que nadar contracorriente por deporte. Hay una épica del esfuerzo que me aburre tanto como la épica de la comodidad; las dos sirven para lo mismo: para vendernos algo. Lo que digo es más modesto y creo que más verdadero: hay una parte de nosotros que se afina en las dificultades, y no quiero dejar que se me atrofie por falta de uso. Algunas cosas solo existen mientras cuesta un trabajo mantenerlas. La memoria es una de ellas: un psicólogo llamado Daniel Willingham lo resumió en una frase que debería estar grabada en la puerta de todos los colegios, "la memoria es el residuo del pensamiento". Si no cuesta nada memorizar, no cuesta nada olvidar. Con el significado ocurre algo similar: se aprende a fuerza de experiencia, tiempo, comunicación, pero también silencio, escucha.

Me interesa esto porque escribo, y escribir es el tipo de actividad que la roca (a partir de ahora, la llamaremos IA) promete ahorrarnos. Cuando escribo una escena no sé lo que va a pasar hasta que la mano lo decide, y esa ignorancia no es un defecto del método sino el método. El personaje se resiste, la frase se resiste, el mundo inventado se resiste igual que el real, y de esa resistencia sale lo único que después reconozco como mío. Si pido la escena hecha, la obtengo en diez segundos y la olvido en once, y no porque sea mala, sino porque no he nadado nunca en sus aguas, sean superficiales o profundas. Durante años fui profesora de Biología de ESO y Bachillerato y vi muchas veces a una adolescente enfrentarse a un problema que no le salía, y aprendí que ese rato desgaradable, de ceño fruncido y de tachones, era el único en el que de verdad estaba pasando algo dentro de su cabeza relacionado con el aprendizaje. Todo lo demás era filtrar agua.

Los griegos ya tenían miedo de esto, por cierto. En el Fedro, Sócrates desconfía de la escritura porque, dice, las palabras escritas no pueden responder cuando les preguntas: se quedan calladas, repitiendo lo mismo. Le parecían rocas. Dos mil cuatrocientos años después tenemos el primer texto que sí responde, que contesta a todo, que no se calla nunca, y la ironía es que el miedo de Sócrates era el contrario del que vivimos ahora. Él temía que la escritura nos volviera olvidadizos porque no responde. Yo temo que la máquina nos vuelva olvidadizos porque, si la máquina ya tiene una respuesta para todo, ¿para qué necesitamos recordar siquiera la pregunta?

Una larva de ascidia no sabe que va a perder el cerebro. No puede saberlo: no tiene con qué. Nosotros, por el momento, sí. Supone una diferencia enorme, porque significa que la roca, para nosotros, no es un destino sino una elección, y que se puede elegir cada día, en cosas muy pequeñas. Perderse un rato antes de mirar el mapa. Escribir la frase mala antes de pedirle la buena a la IA. Quedarse con la pregunta una noche entera sin resolverla. Nadar un poco más y un poco más lejos, aunque estemos rodeados de rocas comodísimas.

¿En qué roca te has pegado últimamente sin darte cuenta? Yo he encontrado dos esta semana, y me ha costado despegarme de una de ellas más de lo que me gustaría contar.