Más ligero · 01
Musical
con perro
Cuando tengo un día especialmente malo, busco vídeos de musicales antiguos en internet. Siempre me animan. Y este ha sido todo un descubrimiento.
La escena dura apenas cuatro minutos y contiene más alegría aprovechable que muchas temporadas completas de televisión. Eleanor Powell aparece en un salón, enfundada en unos pantalones bombachos que solo podían existir bajo la protección jurídica de la Metro-Goldwyn-Mayer, empieza a bailar Oh, Lady Be Good! y demuestra, una vez más, que sus pies obedecían leyes físicas distintas de las del resto de la humanidad.

Hasta aquí, todo dentro de lo esperable, siempre que te parezca normal que una mujer pueda bailar a semejante velocidad sin despeinarse. Pero la cosa se vuelve loquísima cuando aparece Buttons.
Buttons es un pequeño terrier blanco y negro, de mirada despierta, orejas operativas y un sentido del ritmo que debería figurar en su currículum. No se limita a ejecutar algunos trucos mientras Powell baila. Baila con ella.
El número pertenece a Lady Be Good, una película musical de MGM estrenada en 1941. La historia del reparto canino es casi tan buena como el resultado. MGM probó a varios perros adiestrados para la escena, pero ninguno conseguía hacer lo que Powell había imaginado.
Entonces fue cuando un empleado del departamento de utilería habló de Buttons, un terrier pequeño, listo y sin experiencia cinematográfica. Powell lo adoptó inmediatamente como pareja artística, se lo llevó a casa y trabajó con él durante unas seis semanas. Tuvo que enseñarle los recorridos, los saltos y las esperas, pero también acostumbrarlo al estrépito de las claquetas.
Y se nota que hubo convivencia. Lo maravilloso del número no es la obediencia de Buttons, sino la conversación que mantiene con Powell. Ella no lo trata como una monería para ablandar al público. Le deja espacio, lo espera, lo desafía y celebra sus respuestas. Quizá ese sea el secreto de los viejos musicales. No ocultan que la alegría exige trabajo.
Cuando el mundo se pone especialmente antipático, a mí me reconforta ver a Eleanor Powell bailar con Buttons. No arregla nada, claro, pero durante cuatro minutos te arranca de la realidad y te reconcilia con la especie humana (con la canina no hacía falta, ya estaba todo en orden). Y además me encanta el número porque demuestra que el rigor no está reñido con hacer el tonto.