SUCEDEUn proyecto artístico de Ana AlonsoFormar parte
SUCEDEVolver a Lenguas

Lenguas · Artículo 03

Cuando las palabras
no eran ni masculinas
ni femeninas

Recreación de una tablilla antigua de arcilla cubierta de signos

Si miras a tu alrededor, el mundo te parecerá dividido en dos bandos, al menos gramaticalmente: la mesa, el libro, la luna, el sol. Hoy en día tendemos a pensar que el género gramatical es una proyección del sexo biológico sobre las cosas, una especie de antropomorfismo inevitable. Sin embargo, si viajamos a la infancia de nuestra familia lingüística, descubriremos que nuestros ancestros no veían el mundo dividido en masculino y femenino. Lo veían dividido en algo mucho más profundo: los que pueden actuar y los que no.

En las etapas más antiguas del protoindoeuropeo la distinción no era de sexo, sino de «vitalidad». El universo se dividía en lo animado (lo que se mueve, lo que respira, el agente, «el que habla») y lo inanimado o neutro (la roca, el agua, el paciente, «lo que es hablado» o manipulado). Sabemos esto gracias a lenguas antiquísimas como el hitita, que se separó del tronco común antes de que se inventara el femenino y conservó este sistema binario ancestral de animado/inanimado.

Primera transformación

El nacimiento del femenino
de la masa a la abstracción

El origen del femenino está íntimamente ligado a lo colectivo y lo abstracto.

En el indoeuropeo, cuando querías hablar de un grupo de cosas inanimadas, le añadías un sonido al final de la palabra, un sufijo (que los lingüistas reconstruyen como *-eh₂ y que acabó sonando como una «-a»). Es decir, si tenías una palabra neutra para «hoja», la versión terminada en -a no significaba «dos hojas», sino «el follaje» (una masa, un colectivo indistinguible).

Con el tiempo, este sufijo que designaba a lo colectivo frente a lo individual se empezó a utilizar para conceptos intangibles y generales: la justicia, la belleza, la libertad, la verdad. Casi todos los nombres abstractos en griego antiguo y latín adoptaron esta terminación (piensa en sophia, sabiduría, o dikaiosyne, justicia). Finalmente, como algunas palabras clave que designaban a mujeres (como mujer o madre) también compartían terminaciones similares o se asimilaron a esta categoría gramatical, los hablantes reinterpretaron todo ese gran cajón de sastre de lo colectivo y lo abstracto como el «género femenino».

La visión del mundo que subyace es fascinante: lo masculino (heredero del antiguo género animado) quedó asociado a lo individual. El femenino (heredero del antiguo neutro plural) quedó asociado a lo que engloba, a la masa, al colectivo y a las ideas elevadas.

Otros sistemas

Un abanico
de mundos

Del género cero a las lenguas infinitas

01

El mundo sin género

Hay lenguas que jamás dieron el salto a clasificar el mundo proyectando el sexo biológico sobre los objetos. En euskera, en turco (o) o en finés (hän), existe un único pronombre de tercera persona para él y para ella. La identidad no requiere ser clasificada por género para existir en el discurso. Al igual que el indoeuropeo primitivo, el euskera conserva distinciones de «animación» (se declina distinto si vas «a la montaña», inanimado, que si vas «donde el amigo», animado), pero no le importa si ese amigo es hombre o mujer.

02

Mujeres, fuego y cosas peligrosas

En el otro extremo están lenguas que dividieron el mundo en muchas más categorías (lo que los lingüistas llaman clases nominales). El caso más célebre es el del dyirbal, una lengua aborigen australiana (estudiada por el lingüista George Lakoff). El dyirbal tiene cuatro géneros. La categoría número II (balan) engloba a las mujeres, al agua, al fuego, a los perros y a las cosas peligrosas. ¿Por qué? Porque en su mitología y sistema de creencias, todos esos elementos están interconectados.

03

Hasta veinte «géneros»

Las lenguas bantúes, como el suajili, pueden tener hasta 20 «géneros» distintos: una categoría para seres humanos, otra para árboles y plantas, otra para herramientas, otra para conceptos abstractos, etc.

Al final, clasificar las palabras en masculino y femenino no es una ley natural, sino el rastro fosilizado de cómo nuestros antepasados intentaron ordenar el caos del universo: distinguiendo primero lo que estaba vivo de lo inerte, y después, lo individual de lo infinito.

Una pregunta

¿Qué categorías de tu lengua parecen naturales hasta que otra lengua las contradice?

Puedes responder con una palabra, una clasificación inesperada o una experiencia entre lenguas.

Los comentarios se revisan antes de aparecer. Tu correo nunca será público.