El hombre y la mujer no tienen nombres en toda la novela. No los necesitan. En el lugar al que han viajado para adoptar a un niño no hay nadie que se pueda confundir con ellos, una pareja neoyorkina. Es una ciudad pequeña situada en algún lugar del este de Europa donde hace mucho frío, quizá alguna ex-república Soviética. El lugar tampoco importa. En esa ciudad hay un orfanato, un hotel, un sanador. No recuerdo si había algo más. Leí este libro en mi primera vida. Quizá en 2023. No puedo consultar mi ejemplar para confirmarlo (siempre anoto las fechas y los lugares donde leo los libros) porque está en otro mundo, fuera del tiempo, inalcanzable, como el resto de mis cosas de antes, mi ropa, mi biblioteca, todo perdido, como en un naufragio. Todo detrás.
De este libro me ha quedado una sensación que no tiene nada que ver con el argumento ni con el ingenio o la precisión del lenguaje. Guardo esa impresión simultánea de inquietud y refugio hogareño que ofrecen Twin Peaks y algunas películas de David Lynch. Cuando empieza la historia, un tren lleva al hombre y a la mujer a través de una llanura nocturna y cubierta de nieve. Al llegar a un apeadero, él se baja. Se supone que es la estación de la ciudad que buscan, pero no hay nada, no hay nadie, el coche del hotel no ha ido a recogerlos. El tren se pone en marcha de nuevo. Entonces la mujer tira las maletas y se arroja al andén. Él la recibe en sus brazos. La salva.
Al final del libro, el hombre toma un tren él solo. No, solo no. Con un niño, un bebé. Al pasar por el apeadero, ve a una mujer sola en la nieve. Va muy tapada. ¿Es ella? ¿Podría ser ella? Su abrigo es el de Livia, la actriz. El hombre piensa que es ella, la mujer. Le pide que suba al tren, pero ella dice que está esperando a alguien. Se queda.
Entre esos dos viajes se suceden días kafkianos y noches que parecen arrancadas a una novela de Djuna Barnes. De día, la burocracia del orfanato, los trámites inacabables, las exigencias absurdas. Y la enfermedad. Porque la mujer está muy enferma, a punto de morir. Tiene cáncer.
¿Y qué explica que una mujer a punto de morir quiera adoptar un hijo? El amor. Ella no va a ver crecer a ese niño, pero no quiere dejar solo al hombre. Quiere prolongar su historia en común a través de ese subterfugio entre cruel y generoso. El hombre está de acuerdo. Cuando conocen al niño, la mujer no demuestra interés en el pequeño huérfano. El hombre sí. Enseguida le pone nombre: Simon.
Por las noches, ella se queda en la habitación del hotel y él baja al bar. Allí conoce a Livia, la actriz en decadencia, que vive en el Grand Imperial (el hotel) y viste de manera extravagante, y también a Henk, un escandinavo tosco que está en la ciudad por negocios (creo). De ese triángulo salen las fosforescencias que iluminan la oscuridad de la novela como auroras boreales de juguete. No. Como auroras boreales no, porque esas luces, esos colores, no existen al aire libre, solo son posibles en un bar de un hotel a altas horas de la madrugada de un día cualquiera.
Entre Henk y el hombre se entabla una amistad áspera, desagradable. Cada noche cambia de forma, se enrosca de un modo nuevo, hasta terminar en un encuentro sexual que no recuerdo dramático, ni sensual, ni violento... si acaso un poco triste (pero ¿no lo son todos? Quizá me equivoco. Si alguna vez fueron de otra manera, lo he olvidado).
Mientras tanto Livia, la actriz, convence a la mujer para que acuda a un sanador local que vive en una lujosa casa y a quien escolta una enfermera. La mujer, que no cree en nada, de repente se convence de que va a curarse. Su delirio es hermoso. Es tranquilizador. Mejor que lo vea así. Mejor que ella lo crea.
Al final, cuando intenta escapar de la casa del sanador (convertido ahora en carcelero) la mujer cae sobre la nieve, muerta. No ha habido milagro.
Su amor a la vida no la ha salvado. Ni el amor del hombre. El amor no puede salvar a nadie.
Pero Livia se ha hecho pasar por la improbable abuela del niño huérfano y consigue los papeles de la adopción. El hombre le ofrece que los acompañe a Nueva York. Ella no quiere. Prefiere su vida en la ciudad del fin del mundo, en el Grand Imperial.
Así termina la novela. El hombre se lleva a Simon a Nueva York. Cuando amanece, lo levanta en brazos y le enseña el sol a través de la ventanilla del tren.
Nadie en toda la historia tiene motivos para ser feliz. Pero cada uno tiene sus momentos de dicha. Se puede ser el más desgraciado de los seres humanos y reírse de un chiste. Beber un par de copas o tres. Decir tonterías. Hacerlas. Y luego lavarse en la luz del sol y seguir, seguir.
Entre mi primera vida y la segunda transcurrieron casi dos años como un viaje en tren al fin del mundo a través de la noche nevada. No sé en qué ciudad estuve. No sé qué esperaba encontrar allí, qué esperaba salvar. Me convencía a ratos de que el amor tenía poder. Rezaba sin fe, llorando de emoción. La destrucción de lo más querido adoptaba muchos días aquella apariencia kafkiana de trámites, burocracias incomprensibles, tratamientos, gente haciendo su trabajo, pacientes. ¿Y las noches? El amor no salva a nadie. Las noches eran refugio y desierto, excepto una. Una única noche de luces fosforescentes, irreal, alucinada.
Quizá leí ese libro como un oráculo. O con la implicación temeraria de alguien que se cree a salvo de las cosas que ocurren en las novelas.
Después de Lo que pasa de noche, leí todas las novelas de Peter Cameron publicadas en Libros del Asteroide. Algún día este dolor te será útil me pareció mejor. Le compré un ejemplar a mi entonces hijo, que también se lo leyó. Las otras también me gustaron.
Pero Lo que pasa de noche no puede gustar. No te puede gustar algo que te atraviesa, que se derrama por tu memoria como un frasco de champú mal cerrado en la maleta. Maldita memoria. Hay historias que nunca dejan de doler, incluso cuando la vida duele más.
