Para hacer un aguafuerte se cubre una plancha de cobre con un barniz que la protege del ácido. Una punta atraviesa esa protección, dibuja, deja el metal al descubierto. Después, el ácido trabaja sobre lo expuesto: corroe el cobre, ahonda los trazos. A esa acción se la llama morder.
Cuando llega el momento de imprimir, se extiende la tinta y se limpia la superficie. La tinta permanece en los surcos. Bajo la presión del tórculo, pasa al papel húmedo. Allí, si la tinta es negra, lo mordido parece oscuro. El papel recibe la sombra de lo que el ácido le ha hecho al cobre.
Hay una hija perdida que habita en mi memoria. Hay un padre que se desdibuja en las preguntas de lo que fuimos.
Los recuerdos del pasado eran fotos, estampas, vídeos, registros seguros de una realidad que el presente ya no podía alterar. Y el vacío de la pérdida lo ha cambiado todo.
Ahora las fotos se convierten en aguafuertes. Todas esas imágenes de aire y de calidez están vacías. Las sombras surgen en los lugares donde nunca las habría imaginado. Y esas sombras no son un vacío, tampoco son un borrado de lo que existió, sino una capa de vida que se añade a lo que fuimos. Una capa de dolor. Una capa de tinta que solo podía entrarme dentro a través de las grietas de la pérdida.
Son, sobre todo, las imágenes de la felicidad familiar. La calidez de estar en casa. La pertenencia. Esa seguridad que apenas se percibe mientras se vive, porque forma parte de la temperatura de los días.
La muerte de mi hija es la punta afilada que arranca el barniz y deja expuesto al ácido lo que parecía protegido. La punta se mueve en direcciones inesperadas, pero no arbitrarias. En los dibujos que traza me reconozco, y los dibujos quedan en negro sobre el color de la vida que creí tener. La convierten en otra cosa, en otra vida, más mía, más entera, porque integra el arañazo en la protección, el ácido colándose, el color que se transformó en negro.
La palabra «éramos» se me ha llenado de preguntas.
Miro con una mezcla de curiosidad y espanto los dibujos en negro de la pérdida sobre la plancha en color. ¿Esto fue lo que de verdad ocurrió? No, no fue esto. Ocurrieron los colores. Ocurrió aquella imagen brillante, pero ahora a esa imagen se superpone la tinta que se cuela a través de las punzadas. Y la tinta, para alguien de nuestra civilización, siempre, incluso cuando parece no significar nada, es una forma de escritura.
Me quedo mirando los dibujos. He renunciado a intentar entenderlos. A lo mejor el error consistía en creer que lo figurativo de una existencia normal, sin sobresaltos, tenía más significado que la imagen mordida.
Seguiré contemplando. Me haré muchas preguntas. No espero respuestas.
La tinta se queda donde ha mordido el ácido.
