SUCEDEUn proyecto artístico de Ana AlonsoFormar parte
(Re)leer · Cuadernos · 01

Un salón en la grieta

Aquí no recibiré, sino que habré recibido.

Ana con un vestido verde bajo el arco del salón, junto al chester morado y un gato gris de ojos verdes sobre una caja de lanas Katia.
El salón imaginado. Composición creada con IA a partir del retrato y la fotografía de casa.

En mi casa alquilada, donde todos mis vecinos son errantes, tengo un salón burgués con cuatro grandes ventanas que un día fueron balcones —todas dan al norte—, y un suelo de tablas de madera de verdad, y una puerta blanca con cristal esmerilado de los años cuarenta (original), y un arco que divide el espacio armoniosamente en dos mitades, y un rincón en ele con otra ventana que da al sur, a un patio de ladrillo antiguo que es el consuelo de mi vida.

El salón real de Ana, con su arco blanco, el chester morado y el suelo de madera.
El salón de casa.

Cuando vi ese salón pensé en las personas a las que invitaría, en las charlas que tendríamos, en la vida que sacaríamos de dentro.

Hice un par de intentos. Me dijeron que no sé recibir.

Tengo amigos que vienen de una clase social algo más alta, y llaman a su madre «mamá», y heredan pequeños objetos valiosos. Sus madres o sus abuelas sabían recibir. Yo no.

Yo sé abrir conversaciones que sorprenden por su fragancia como rosas. Sé decir algo que se te queda días en la mente. Sé captar en una réplica aparentemente superficial una resonancia profunda con el poso de Rilke en mi lo que sea que queda en el cerebro cuando todo se olvida y con las cuerdas silenciosas de mi piano Essex.

Por desgracia, no son habilidades muy demandadas en los tiempos que corren. Seguramente nunca.

Yo vivía con un hombre que se maravillaba con cada rosa abierta por mis palabras. Que se envolvía en su olor durante semanas. Que me devolvía otra flor diferente, quizá menos vistosa, pero igual de milagrosa en su rareza. Muy viva.

Y ahora vivo en un mundo de palabras que nacen muertas. Como se nos murió nuestra hija, se nos murieron las palabras, aquellas, las que estaban vivas. Nos queda el triste sucedáneo de la escritura.

Y este es el salón que os abro. El de la grieta donde nace algo, una flor pequeña, geranio de montaña, orquídea enana del norte.

Todo lo que no voy a hacer aquí en mi salón de verdad, donde solo converso con mis gatos, habrá ocurrido en este otro salón. Y aquí contaré cómo fue. De qué hablamos. Quién se calló un momento más largo de lo cómodo. De qué añada era la poesía que descorchamos y a qué sabía, qué «notas» amaderadas o evocadoras de la grosella se revelaban solo al final, cuando ya habías apurado la copa, y quién y cómo supo saborearlas.

Es mi salón proletario, de niña autodidacta en los placeres pálidos y frágiles, en la admiración de la porcelana fina y el borde de un vaso de cristal de Bohemia, o, mejor dicho, de niña educada en la aristocracia de la bondad y la belleza más humildes, de niña que detecta un pensamiento falso o una frase impostada como una piedra preciosa falsa, a kilómetros, porque la educaron en eso.

Y como no habrá salón en directo porque no sé recibir según los criterios convencionales (presentaciones, distribución del espacio, momento exacto para la conversación y el refrigerio), aquí no recibiré, sino que habré recibido, y mi salón precioso de casa de posguerra habrá brillado con la luz que imaginé para él cuando pensé… «Bueno, puedo permitirme 200 euros más de alquiler por este arco. Por estos radiadores de hierro. Por este suelo de madera».

No como la dama que sabe que, por supuesto, se lo puede permitir; sino como la aventurera que vive en el temor de que probablemente no, pero siempre se inventa, como Ulises, una manera de seguir el viaje, aunque su Ítaca esté enterrada en una tumba en el cementerio de Fuencarral, con vistas a la Sierra.